Prólogo

Por Juan Carlos Ortega, escritor, periodista y humorista

Juan Carlos OrtegaNo conocía aún a Francesc Blanco cuando empecé a leer esta novela. Un amigo común me rogó que lo hiciera para ayudar al autor a valorar con objetividad su texto. Siempre que alguien te pide algo así, invariablemente retrasas la lectura, porque supones que va a tratarse de un libro espantoso.

Pero cuando uno se ha comprometido, tiene que cumplir su palabra. Así que un buen día —y sin demasiadas ganas— me dispuse a leer el inmenso bloque de folios que me habían hecho llegar. Quería quitarme aquel compromiso de encima lo antes posible.

Era verano y salí al balcón. Intenté eliminar de mi cabeza el prejuicio que me hacía suponer que la novela iba a ser nefasta, pero no fue necesario que me esforzara, porque el primer párrafo ya me hizo sospechar que aquella historia podría resultarme más o menos entretenida. Recuerdo que me dije: «Bueno, a lo mejor la cosa no es tan horrenda».

Seguí leyendo y, de repente, empecé a odiarme a mí mismo. A nadie le gusta saber que está lleno de prejuicios. Me caí mal por haber dado por supuesto que el escrito de aquel desconocido iba a resultarme una lata. Lo poco que había leído era brillante. Me puse de inmediato en su lugar, y me dio rabia imaginar que mi trabajo, para otro desconocido, pudiera ser juzgado de forma tan arbitraria.

Eso, por supuesto, me hizo simpatizar con el autor, que me iba sorprendiendo línea a línea, página a página. Y cuando había leído unos cuantos folios, me di cuenta de que la novela era una obra magnífica, el trabajo de un escritor con un talento fuera de lo común.

Para que entendáis cómo me percaté de ello, creo que será bueno que os explique lo que me ocurre cuando estoy leyendo un libro que me parece magnífico. Siempre, en un momento de la lectura, tengo la necesidad de mirar en la solapa la cara del autor. No importa que ese rostro lo haya visto miles de veces. Cada vez que una frase me conmueve, en cada ocasión en la que una reflexión escrita me llena de admiración, siento el impulso de mirar la cara del autor en la solapa, como si en silencio quisiera decirle mirándole a los ojos: «Qué bueno eres».

Pues bien, eso mismo quise hacer en aquel balcón cuando llevaba leídos unos cuantos folios de la novela de Francesc Blanco. Necesitaba mirar su cara, como antes lo había hecho con la de mis grandes autores de cabecera. Pero lo que tenía en mis manos no era un libro encuadernado, no era una novela editada, sino un conjunto de folios que pesaban bastante en mis rodillas. No podía ver ninguna foto, porque no había solapa, ni portada, ni contraportada, ni nada que se pareciera remotamente a un libro.

La necesidad de ver los ojos del autor me dio la pista definitiva. El texto que me habían hecho llegar estaba a la altura de los grandes libros del género que yo había leído en mi vida. Le envié un mensaje a nuestro amigo común y se lo hice saber: «Oye, el libro de este tío es realmente bueno».

Y seguí leyendo. Ya no era una obligación. Aparqué mis otras lecturas y me centré en esta. Cada página me entusiasmaba más que la anterior. Volvió a repetirse el impulso imposible de mirar una foto inexistente. Cientos de veces me pasó a lo largo de la novela.

Me emocioné, me reí y me asusté con el argumento. La emoción me la generó la descripción de ese niño que acude a la tienda de un señor mayor, ese crío con los poderes mentales más tiernos y delicados que se han escrito en la literatura del género en muchísimos años. El susto me lo provocaban los giros magistrales del argumento, y la risa era algo que estaba presente en toda la narración. Una parte de mi trabajo está centrada en el humor y sé perfectamente cuándo algo es gracioso. No es que tenga un don especial; simplemente es mi oficio, y puedo asegurar que, además de todas las virtudes anteriores, este Blanco es un señor que sabe hacer bromas profundamente inteligentes.

No sé cuál va a ser la suerte que corra esta novela. Si en el mundo hubiera justicia, se vendería a millones, y su autor, al que luego tuve la suerte de conocer en una comida, podría regalarme un piso por haber sido su primer lector entusiasmado.

Queridos compradores de esta novela: tenéis en vuestras manos una obra magnífica, el producto de un narrador con un talento fuera de lo habitual. Disfrutadla como yo hice. Y mirad de vez en cuando su foto en la solapa. Ese tipo que veréis ahí retratado es inteligente como un diablo.