Proyecto XI

Primera parte - Capítulo I

RosaM23

4 al 7 de enero de 2011


Anna Krauss dejó la última hoja del documento que acababa de leer junto a las demás. Las apiló y se las devolvió a Jon Vivaldi.

—Proyecto XI —afirmó—, una serie de once reportajes donde pretendes poner de manifiesto el lucrativo fraude sobre el que se asienta el mundo del ocultismo y el Más Allá: médiums, videntes, diablos, apariciones, esotéricos, casas encantadas y un largo etcétera.

Él asintió.

La mirada de Anna vagó por el despacho buscando un lugar donde posarse. Pasó de puntillas sobre los muebles de estilo moderno y fue tentada por el cristal de la ventana que daba a la calle, mojado por la lluvia. Al fin se centró en la contemplación de la litografía colgada de una de las paredes: Escaleras arriba y escaleras abajo, de Maurits Cornelis Escher.

El edificio que en ella aparecía era singular, plagado de columnas y diferentes alturas. En el lugar donde debería estar la azotea se encuentra una escalera que rodea al patio de luces. Por ella circulan unos individuos ataviados como monjes. Algunos suben, otros bajan. Los seres parecen moverse en un bucle infinito: cuando completan el giro se encuentran justo en el punto en el que lo iniciaron. Seres embebidos en una caminata perenne, se dijo Anna, en un eterno vagar.

Jon Vivaldi, al otro lado de la mesa, permanecía en silencio. Se habían conocido, hacía más de veinte años, en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde ambos cursaban la carrera de periodismo. El corrosivo sentido del humor que tenían en común los atrajo desde el principio. Después nació una amistad a la que protegían con celo aparcándola cuando colaboraban profesionalmente. Solo en el último año Jon había publicado, como freelance, varios reportajes de investigación en la revista Péndulo, de la que ella era redactora jefe. Tuvieron una excelente acogida por parte de los lectores, en especial los titulados La Biblia de Finlandia y La bruja normanda.

La Biblia de Finlandia giraba alrededor de la extraña Biblia donada a la Euskaltzaindia, la Real Academia de la Lengua Vasca, por un misterioso benefactor. Encontrada en Finlandia, presentaba numerosas peculiaridades. Se trataba del documento escrito en lengua vasca más antiguo jamás hallado. El libro estaba impreso, y en la primera página figuraba la fecha de su confección: junio de 1009. Las pruebas de los bibliófilos confirmaban este extremo. Sin embargo la imprenta moderna no fue inventada hasta 1440 por Johannes Gutenberg. Además, el secretismo alrededor de la identidad del donante era absoluto. Jon había seguido su pista hasta un entramado empresarial cuya sede central estaba ubicada en Barcelona. Llegó a entrevistarse con un tal Velasco Fernández, secretario personal del propietario del holding, que le recibió dispensándole un trato exquisito pero negó cualquier vinculación con el documento.

La bruja normanda informaba de la existencia en Barcelona de grupúsculos satánicos que abrazaban la doctrina de Agathe Retz, la monja francesa quemada en la hoguera a finales del siglo XIV acusada de practicar la hechicería. A lo largo de varios meses Jon realizó un seguimiento de sus actividades, identificando los locales donde oficiaban el culto e incluso señalando las fuentes de financiación que los sostenían. En el reportaje advertía también de su peligrosidad, en el lugar preferencial del ideario de Agathe Retz figuraba la realización de sacrificios humanos.

Y ahora esperaba el dictamen de Anna respecto a la idea que acababa de presentarle: Proyecto XI.

Le gustaba el estilo de Anna. No era uno de esos redactores jefe que tutelan los pormenores de los reportajes hasta desquiciar a los periodistas. Si se respetaban los plazos de entrega y los contenidos que había encargado, dejaba trabajar. Era honesta y cumplía lo pactado. Cuando el material que recibía era firme tenía los arrestos de defenderlo a muerte frente a su director ejecutivo, un australiano avaricioso llamado Brown. Decía de él que era un pirata, y andaba por la redacción con una pata de palo, un parche en el ojo y un loro subido al hombro al que llamaba Liza Minnelli, porque no dejaba de repetir money, money, money.

Jon sabía que en ese momento, mientras contemplaba el cuadro colgado en la pared, la cabeza de ella era un hervidero de ideas, pros y contras sopesados, riesgos en proceso de evaluación. También conocía la dualidad de Anna, que comenzaba por su misma fecha de nacimiento. Diez de junio. Géminis. Dualidad que se prolongaba a lo largo y ancho de su persona. Era capaz, por ejemplo, de pensar en dos cuestiones simultáneamente. Las ideas que danzaban a la vez por su cerebro no podían ser de la misma envergadura, pero sí lograba manejar dos canales de razonamiento de diferente calibre al mismo tiempo. Por eso no le sorprendió que, mientras su mente continuaba trabajando en la propuesta, decidiera entretenerle con una anécdota.

—¿Sabías que en 1747 Juan Sebastián Bach compuso para Federico el Grande de Prusia la Ofrenda musical?

Jon Vivaldi negó con la cabeza. Le dejaría tomarse tanto tiempo como fuera necesario. Proyecto XI lo valía.

—Bach tenía entonces sesenta y dos años. Había acudido a Sanssouci, donde estaba ubicada la corte real, para visitar a su hijo Carl Philipp Emanuel. Este también era músico y ejercía como maestro de capilla.

Anna carraspeó. Su mirada seguía anclada en la litografía de Escher, pero por algún extraño motivo Escher la había llevado hasta Bach.

—El rey era muy aficionado a la música. Tocaba la flauta y de vez en cuando incluso daba conciertos para los cortesanos. Seguro que le aplaudían como hoy lo hacen los fans de Lady Gaga. Por lo visto tan solo un tipo, su maestro de flauta, estaba autorizado para corregirle.

Anna sonrió y desplazó la mirada desde la litografía de Escher hasta Jon.

—Bach tenía fama de ser un genio en la improvisación. Así que el rey se propuso probarle. Le pidió que se sentara frente a un piano e improvisara una fuga a seis voces obligadas, partiendo de un tema que le sugirió. Los cánones y las fugas son piezas especialmente complicadas. Para que te hagas una idea, las posibilidades de un buen músico de improvisar con éxito una fuga a seis voces obligadas son más o menos las mismas que tiene un humano de matar a un elefante golpeándole con una pelota de ping-pong.

Los dos rieron.

—¿Y bien? —preguntó Anna.

Jon encogió los hombros. No quería hablar para no interrumpir la otra cadena de razonamientos.

—Lo logró —repuso haciendo lucir una sonrisa radiante… Feliz como una niña levantó dos dedos que dibujaron en el aire una V de victoria. La proeza parecía haberla conseguido ella misma en lugar de un viejo músico. Agitaba la mano en el aire, convertida en una batuta imaginaria.

Sonó el teléfono pero Anna ni siquiera pareció notarlo.

—Tras la visita Bach regresó a Leipzig, donde vivía. Varios días después transcribió al papel la fuga que había improvisado. De hecho la enriqueció, complementándola con otras doce composiciones. A todas ellas las denominó Ofrenda musical. Se las mandó a Federico acompañadas de una carta de corte muy servil. Deberías leerla. «Rey graciosísimo…, con la humildad más profunda…».

Anna calló durante unos segundos. Maldijo por dentro mil veces las entrañas de los responsables de que no pudiera fumar ni siquiera en su propio despacho. Las de ellos y las de sus descendientes a lo largo de las próximas siete generaciones.

—Además, en la primera de las páginas escribió una frase en latín: «Regis Iussu Cantio Et Reliqua Canonica Arte Resoluta…». ¿Te atreves? —preguntó traviesa.

—«Regis Iussu Cantio Et Reliqua Canonica Arte Resoluta». —repitió Jon con lentitud, no pudo evitar hablar en esta ocasión—. Por orden del rey la canción y el resto resueltos con aire… ¿canónico?

Ella hizo una cómica reverencia inclinando levemente la cabeza.

—Así es. Desde un punto de vista protocolario la frase es impecable. Sometimiento y alabanza. Como en la carta… más de lo mismo. Pero vayamos más allá. Si agrupas la primera letra de cada palabra…

—RICERCAR… —compuso él.

Anna enarcó las cejas.

—Buscar —tradujo Jon.

—Sí. Oficialmente se ha dado una explicación a por qué las iniciales de cada palabra forman el término RICERCAR: en aquella época a las fugas se las denominaba ricercares. Pero desde luego la traducción literal es buscar.

La sonrisa de Anna se ensanchó.

—Ahora viene lo mejor. Las piezas de la Ofrenda musical no estaban terminadas. Es decir, las partituras no estaban completas. Bach tan solo incluyó unos cuantos compases acompañados de enigmáticas pistas en latín, como por ejemplo, «la duración de las notas aumenta progresivamente» o «que la gloria del rey aumente como asciende la modulación». El rey, complacido, aceptó el obsequio. Fin de la historia oficial de la Ofrenda musical. Desconocemos si Federico fue capaz de resolver los enigmas y terminar alguna pieza. Tan solo sabemos que la versión que hoy escuchamos es obra de Johann Kirnberger, discípulo de Bach.

Anna prosiguió con el tono reservado que gastan los que están contando secretos.

—Pero a mí me gusta pensar que detrás de esta historia hay otra historia, que existe una interpretación alternativa de los hechos. A veces la verdad es tan evidente que se convierte en invisible, y entonces hay que saber mirar para poder verla… como cuando buscamos un lápiz que sujetamos con la mano o no encontramos las gafas que llevamos puestas. Creo que, dentro de las limitadísimas posibilidades que su posición le ofrecía, Bach quiso darle una lección al rey. Su comportamiento durante la visita a Sanssouci había sido impecable. Actuó como debe actuar un músico frente al rey de los hombres. Sin embargo no fue correspondido en el trato: había sido ofendido por un ser musicalmente inferior, que fue tan necio como para permitirse poner a prueba su talento. En definitiva, Federico le había insultado, porque no actuó como debe actuar un hombre frente al rey de los músicos. Y pienso que Bach se vengó de una forma sutil y delicada. «Ricercar»… Busca, emperador, busca. Remueve compases y acordes, tonos y melodías, y si puedes resuelve los enigmas y completa las partituras. Piénsalo, Jon, es la humillación perfecta… Ni siquiera el ofendido se apercibe de ella. Esas partituras deberían estar en el hall of fame del despecho.

Anna calló unos segundos.

—Ese día, excepcionalmente, el resultado del marcador fue: Arte 1 – Poder político 0. Así que fue un buen día. Porque estoy segura de que, con sus conocimientos musicales, el magno emperador Federico el Grande de Prusia fue incapaz de acercarse a la conclusión de ninguna de las piezas.

Sonó el teléfono de nuevo y esta vez Anna lo cogió para indicarle a su secretario que no le pasara llamadas. Por el tono de su voz, ahora distendido, Jon Vivaldi supo que la deliberación había terminado. Con un gesto le indicó la mesa circular que estaba en el otro extremo del despacho.

—Vamos allí —dijo mientras se levantaba de la silla.

—¿Lo estás haciendo solo?

—No. Víctor y su equipo están conmigo.

—¿Víctor Crest, de Arácnida?

Él asintió.

—Es un buen elemento —murmuró Anna para sí—. Ese reportaje, Proyecto XI / Caso I: En contacto con el otro lado, es magnífico —dijo señalando los folios que habían quedado sobre su escritorio—. ¿Los diez restantes son así?

Él hizo un gesto afirmativo.

—¿Cuándo estarán listos? Debería encajarlos en mi programación.

—Solo queda uno. El caso XI. Lo tendré en breve.

—En contacto con el otro lado —murmuró Anna—, el último programa del rey de la televisión basura: Raúl Domínguez.

—¿Lo has visto?

—No, no soporto a ese tipo. Sería capaz de subastar órganos humanos en directo si eso le diera audiencia. ¿Cómo es el programa?

—Llena el plató de gente. Luego presenta a un médium. Este escoge a algunos de los presentes para comunicarse con sus amigos o familiares fallecidos. Ya sabes cómo funcionan esos individuos: dejan hablar, usan la lógica, interpretan el lenguaje gestual y deducen. Aunque a veces se luce, informando sobre algo que era imposible que supiera. Eso suele dejar atónitos a los elegidos, que afirman con un hilo de voz… Ese detalle solo lo conocíamos la muerta y yo… Entonces el público aplaude enfebrecido.

—Puedo imaginarlo.

—Si el atrezo es adecuado nos creemos cualquier cosa. En contacto con el otro lado es un fraude de cabo a rabo. Usan un montón de artimañas. Seleccionan cuidadosamente a los asistentes, infiltran a miembros del equipo entre estos, esconden micrófonos por todas partes y los puntos geniales del médium se deben a investigaciones previas: incluso rastrean las necrológicas en los periódicos. Además, como el programa se emite en diferido, a lo largo del montaje pueden eliminar las situaciones incómodas que se produzcan.

—Me imagino que los cabos están bien atados.

—Desde luego.

Anna asintió. Jon cubría bien los flancos y no efectuaba afirmaciones que no estuvieran sólidamente respaldadas por pruebas, lo cual reducía casi hasta cero las posibilidades de que Péndulo acabara imputada como responsable subsidiaria en un proceso por difamación.

—No me convence la extensión. Proyecto XI es demasiado largo. Nuestros números son mensuales. Publicando los reportajes a razón de uno por mes acabaríamos dedicándole casi un año. Péndulo toca asuntos de actualidad, y eso nos acercaría al formato de una revista temática.

Él había previsto esta contingencia.

—Lo sé. Pero no puedo dar el tratamiento que merece un campo tan extenso utilizando menos espacio. Mi propuesta es que aparezcan en la tirada habitual de Péndulo cinco reportajes. Y después puedes poner a la venta, junto al último ejemplar, un libro que los contenga a todos. A un precio diferente, por supuesto.

Anna permanecía recostada en su silla.

—¿Cómo has elegido los contenidos?

—Cada reportaje está dedicado a una… especialidad. Hemos seleccionado un acontecimiento representativo, señalado y aparentemente veraz de cada una de ellas.

—¿Hemos?

—El trabajo de búsqueda lo ha realizado Arácnida, la compañía de Víctor, basándose en parámetros que yo mismo he marcado.

Jon manifestó su desencanto levantando las palmas de las manos hacia arriba.

—De la investigación posterior me he encargado personalmente. La conclusión ha sido siempre la misma: engaño con ánimo de lucro. El mundo del ocultismo y el Más Allá es una inmensa olla de grillos con un único denominador común: el fraude.

Ella frunció el ceño.

—Has dicho que falta uno. ¿Cuál?

—El caso XI. Corresponde a los diablos y sus adoradores. Es especialmente laborioso. Quiero dedicar ese reportaje a un asesinato ritual. Los chicos de Arácnida están estudiando los cometidos en las últimas décadas. La lista es interminable.

Anna consultó la hora en su reloj.

—Bien. Me gusta —concluyó—. Por parte de Péndulo, adelante.